Desayunar con tiempo es un privilegio…

Desayunar con tiempo es un privilegio. Y no hablo de un privilegio necesario a la hora de definir a los no privilegiados. No. Hablo de esa clase de privilegios que los valoran
solamente los cuantos que los disfrutan. Sentarse una, mirar a los ojos al café, discutir el que será tu próximo día a día, negociar un pacto al que poder agarrarte por si él decide seguir enamorándote, quitar trabas en el camino, hoy enfangando porque así lo quiere el comienzo del otoño, echar unas horas de tu jornada laboral, gracias a la cual vuelves a quitártelo de la mente durante cinco horas muy mal pagadas, llorar un rato que cronometras en la ducha para ver si hoy te puedes sentir autorrealizada porque has
superado tu récord…

Unos privilegios que muchos no querrían tener en su lista de las cien cosas por hacer antes de una muerte graciosa.

No unos privilegios monetarios que hinchen la cuenta bancaria del banco donde guardo mi dinero, arriesgándome a que deje de ser un poco menos mío para ser un poco más suyo.

No unos privilegios sociales conformando la próxima lista del baile de fin de curso donde, evidentemente, también entra el nombre de las gafas con extremidades y algo de chispa que se quedará sin acompañante un buen rato de su vida.

No privilegios materiales que poder desmaterializar de remordimientos bajo una buena acción de esas que los comunes llaman benéfica. No me refiero a toda esa mierda de privilegios que explican por qué un adolescente de dieciséis puede llegar a las dos de la madrugada a casa y otro que cumple dos días después que su adversario tiene limitaciones impuestas por la dichosa media noche. No de esa clase de privilegios hablo.

Y no lo hago porque, de ser así, sería como ellos, una privilegiada de pluma fácil. Privilegio del mero vivir, privilegio del disfrutar mientras la tarde se empeña en enseñarme que ya está cayendo, que se va, privilegio de verme de nuevo en ese incómodo sofá, privilegio de a “blandas penas” que crear con tal de darle algo de cotidianidad a las quejas de la sociedad, privilegio de saber que puede que nunca vuelva más.

Y oler el café del que hablaba. Sentir cómo su archiconocido aroma penetra en mis sentidos concediéndome mi orgasmo particular. No tener la obligación de abrazarle cuando el último sorbo me haya hecho temblar al borde del cosmos, dejándome ahí de nuevo sin más. Abandonarlo por momentos sabiendo que no seré capaz de resistirme a su encanto de veinticuatro horas mal soportadas. Compartirlo con la amiga de turno que le pica la curiosidad y que va por ahí gritando que le produce taquicardias innecesarias.

Si lo pensamos, como el amor. Como esos privilegios en manos de unos cuantos que en ningún momento decidieron si ser o no unos privilegiados. Porque te enamoras sin saber por qué, sin tener capacidad para delimitar en el tiempo y en el espacio el momento en que él dejó de ser él para ser el que te hace perder la razón que tan bien creías sobornar a tu antojo. O, si me extiendo, como las nostalgia. Repentina de visita que nunca llama para avisar de su próxima cita con tu autoestima renegada. Ambos se complementan y se repelen bajo unos márgenes asombrosos. El uno sin la una, la una sin el otro.

Si te enamoras, una vez haya pasado ese tiempo que todos parecen tener
sumamente controlado y que marca cuando una persona deja de sentir y, por tanto, ya puede publicar que está curada de engaños, aparece la nostalgia. Es por ella por lo que dejamos de despotricar memeces del que fue nuestro acompañante para recordarle una anécdota muy divertida a la cotilla de la vecina. Es por esa nostalgia por lo que en los seres “humanizados” deja de primar el rencor para dar paso a la comprensión. Y yo hoy ando algo nostálgica, para qué mentiros. Nostálgica y poco enamorada. Liada con esto de intentar que los privilegios que marcan tendencias y formas de vivir una vida, paradójicamente, totalmente singular, no me hagan sentir privilegiada. Angustiada por mantener lo que fue de ese quince de mayo. Intentar no definirlo como un privilegio de esos abstractos a los que tanto valor les doy, y que tanto sentido dan ellos a mi vida, con tal de no sentirme hoy una “no privilegiada” a la cola del paro. Con poco tiempo, así me siento. Con poco tiempo para explicaros todo lo que al abrir mi tiempo se me ha pasado por las manos.

Ya he desayunado…

 

Nuria Sánchez.

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