GRIS… por Nuria Sánchez Alonso

Ella, el motivo de mis motivaciones. Persona que conocí cuando ya conocía bastante de la vida y, por qué no decir, de la vidorra que te da el buen vivir, sumergida en mañanas de parón que parecen no querer concluir nunca en eso de existir.

Ella, lucha de derechos y obligaciones. Garantía que me hace respirar ante este puto teclado en blanco con numerosos tintes opacos, casi negros. La que me mueve donde nadie consigue hacer levantar mi interés ocasional; la que incita a que nadie te incite si no te has incitado ya.

Como buena humana, tiene nombre y apellidos, defectos, aciertos, ganas de llorar, pulso más que suficiente para hacer reír a  unos adentros que nunca se quedan fuera si es ella la que va a hablar. Dice que el escuchar nunca da igual, que las ansias sólo son el exceso de la tranquilidad que te ofrece la paciencia… que ella no tiene.

Admiradora de las pasiones que le mueven a uno los días. Apasionada por los que admira. No hace ni más ni menos, sólo apuesta en quien confía, sólo observa si llega a desconfiar. Un día me cautivó con algo que decía consistir en mover papeles, en hacer que hagan el “pinopuente” sin manos, en mirar por una ventana al azar dispuesta de un telescopio de la mejor calidad para, después, vislumbrar sólo lo que ven tus ojos. Mezcla de rebeldía y legalidad. Le dicen encantar los tonos grises porque te ofrecen la verdad donde nadie ve más allá.

Ella, el motivo de mis motivaciones. Un mal día, uno de esos en los que una se siente una fracasada más del motón, tengo la gran capacidad de hacerme coincidir con ella, de participar en ese universo paralelo, un universo que todavía me pregunto de dónde habrá sacado o a quién se lo habrá robado. El caso es que me da igual, el preguntármelo me deja igual si es ella la que me lo está dibujando mientras sus manos se tiñen de blanco.

Si es ella la que me regala la entrada que me permite participar. Y me asombro y me embalo en un largo segundo, como si la vida ahí fuera se hubiese paralizado, repitiéndome al terminar que todo de lo que en ésta haya sucedido mientras tanto puede esperar. Y siento lo que, atropelladamente, casi quedándose sin aliento, me dice mirándome a los ojos. Eso es, se me olvidaba, ella te mira a los ojos. Cualidad que denota su calidad.

Ella incluso los admira. Te deja inquieta haciéndote saber que estás muy quieta en esa silla. Te eleva el antojo por conocer. Un mal día supe que ella había sido el primer motivo para poder conocer a mis motivaciones. Un mal día, paradójicamente gris, supe que hoy iba a escribir esto que algunos tildan de confesiones que le sinceran a uno su propia sinceridad. Y hoy volvería a faltar con tal de disfrutarte un rato más. A ti, el motivo que me motiva a continuar.

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